miércoles, 28 de mayo de 2008

Hablar de Dios


«Fresas salvajes» («Smultronstellet», aka «Cuando huye el día») nos advierte que para hablar de Dios de verdad lo único que vale es recitar poemas.
Quisiera compartir una escena que a mi juicio es una cumbre dentro de la extensa meditación que es toda la obra bergmaniana.

Cuento un poco el contexto:
Un profesor ya mayor está de viaje para recibir un reconocimiento a toda su carrera. Sin embargo, ese viaje que es en su exterior hacia la fama, es en el interior de su espíritu un viaje a la verdad de su propia vida, hecha de grandezas, pero también muchos miedos, egoísmos, ausencias, desamor.... en fin, la vida de todos nosotros.
En el camino van ocurriendo distintos encuentros, con conocidos y desconocidos. Uno de esos encuentros es cuando recogen (el profesor viaja con su nuera) a tres jóvenes autostopistas, dos chicos y una chica. De los chicos, uno estudia para pastor, y el otro para físico.
Aunque habían convenido no sacar el tema religioso, el aspirante a pastor "rompe el pacto" hablando de Dios indirectamente, a través de un poema; el profesor le sigue el discurso y continúa la recitación, hasta que el cientificista da la pregunta directa: «¿cree Ud. en Dios?»
Lo mejor es ese instante, esa mirada del profesor que descarta toda posibilidad de instalarse en un lenguaje directo y prosaico acerca de Dios.
No, Dios sólo puede ser entrevisto en unos versos, y diría más: en unos versos donde no se lo mencione.

Utiliza un poema de un obispo y poeta (autor del himnario litúrgico sueco) desconocido en el ámbito de nuestra cultura latina, pero parece que muy popular en Suecia (notemos de paso que los demás reconocen los versos enseguida), John Olof Wallin, de principios del XIX.
Transcribo la parte de poema que se recita, como para tenerlo seguido, porque igual lo pueden leer en el video:

¿Dónde está el amigo que busco por doquiera?
Cuando apunta el día, mi inquietud también aumenta;
cuando el día muere, lo busco todavía.
Aunque el corazón me abrasa, yo voy siguiendo sus huellas
en cualquier brote de vida:
el aroma de la flor, la esbeltez de la espiga.
En el suspiro que lanzo y en el aire que respiro está presente su amor
y oigo cantar su voz en el viento del estío.




Estos mismos versos los recita Johan en Sarabanda, cuando Marianne recién llega, y provocan un comentario irónico de ella, dada la proverbial incredulidad de su ex-marido.

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